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    August 27

    No sé...

    un día dejé de conectarme. Fue poco a poco, no sé como. Comencé a hacer otras cosas, dejé de pintar, de escribir, de bailar. El trabajo, mi princesa, leer, cine, obligaciones... no sé. Pero no os he olvidado. He entrado alguna vez, sin decir nada, para ver que había, a veces nos vemos en hi5, que visito con más frecuencia. Aquí estoy, aquí sigo. Besos.
    March 05

    Myminicity

    No sé muy bien que es, ni como funciona, ni para que sirve, pero me he hecho una ciudad en Myminicity. Por lo visto crece con las visitas, así que si quereis pasaros por ahí: motorock.myminicity.es

    moto rock (a night)

     
    March 03

    moto rock (a day)

     
    December 26

    1 y 2

    La temperatura era agradable. La noche, si bien no muy oscura, tampoco dejaba ver muy lejos a la luz del cuarto creciente y las estrellas. Además, una ligera neblina confundía el contorno de las cosas. Montse decidió alejarse un poco de las demás. Su cháchara resonaba molesta en su cabeza. Necesitaba un poco de silencio, se dijo.
       Mientras caminaba por el arcén de la comarcal a las afueras de Bilbao, encendió un Fortuna.
    - Últimamente está aumentando la competencia - pensó - Muchas centroeuropeas -
    Con tanta oferta, los clientes comenzaban a escasear.
     
      Dió unas decenas de pasos mientras fumaba. Sí, hacía buena noche. Con sus brevísimos pantaloncitos blancos y su top del mismo color, Montse no tenía frío. Recordaba las largas y gélidas noches que había pasado allí mismo con ropas similares. Envuelta en sus pensamientos siguió caminando al borde del negro asfalto.
      Un sonido apenas perceptible le distrajo. Sin pensar en ello, se detuvo y dirigió su mirada hacia la carretera. El rumor se hacía más audible y próximo rápidamente. Escudriñó con los ojos semicerrados la oscuridad de la que parecía surgir la cinta asfaltada. Unos destellos de metal cromado y una silueta negra se destacaron del impreciso fondo.
      Acompañada del siseo del viento y el roce de las gomas con el asfalto la moto negra desapareció en la oscuridad, contemplada por los sorprendidos ojos de Montse desde su cabeza separada algo más de un metro de su desmadejado cuerpo.
     
     
      Sentada en laterraza del Hard Rock de Benidorm, Lydia contemplaba ausente el vaivén de las olas en la playa. No tenía planificado nada y pensaba cual sería la mejor opción para pasar el resto del día.
      El sonido del motor de una moto se acercó por detrás.
     
    - Cuatro cilindros - sus oídos entrenados se pusieron en alerta - A ver, ¿16 válvulas?... mmm, gran cilindrada, desde luego. ¿Hayabusa?. Sí. No, espera..
     
      Lydia contuvo las ganas de volver la cabeza y se concentró en el sonido, hasta absorberlo.
     
    - Suzuki B-King 1.340 - sus ojos violetas sonrieron y miró detrás de sí
     
    - ¡Bingo!. Lydia gana otra vez -
     
      Justo entonces la masiva moto negra se detuvo muy cerca, con sus cromados reflejando la luz del sol. Su piloto apagó el motor, se bajó y apoyó la moto en la pata de cabra. Se quitó el casco integral completamente negro, sin ningún adorno. Era un hombre alto y moreno, que Lydia calculó rondaría la mitad de la cuarentena. Vestía una ligera chupa de cuero negra, sin refuerzos ni protecciones, tejanos desgastados y unas no menos gastadas botas vaqueras, también negras.
      Sus ojos marrones se clavaron en los de Lydia. Luego, lentamente y con descaro recorrieron el cuerpo de la chica sin prisas, recreándose en las curvas. Sonrió mientras bajaba la cremallera de la chupa de cuero. Luego desvió la mirada y se dirigió al interior del local.
      Lydia se apartó un mechón moreno mientras observaba al desconocido. Su actitud le había parecido chulesca, machista, y por lo tanto estaba bastante furiosa y dispuesta a darle un buen corte como volviera por allí. Pero había de reconocer que también se encontraba interesada, sobre todo porque no se le había escapado el brillo de una pulida cruz de acero que, invertida, colgaba de una fina cadena del cuello del motero.
      El hombre salió sonriente con un vaso de tubo en la mano. Miró a Lydia y se detuvo un instante, indeciso.
     
    A la derecha de las Ramblas, descendiendo desde Canaletas hacia el mar, se extiende un barrio de calles estrechas al que casi todos llaman "barrio chino" y cuyo verdadero nombre es el de Raval. Un barrio que aparece asociado a las crónicas de sucesos. 
    En una de las callejuelas se abre a medias una persiana metálica. Dentro, una mujer morena y menuda se levanta la pantalla protectora de la máscara de sodadura. Retrocede unos pasos y mira satisfecha la impresionante MV Agusta 910 Brutale roja y plata. Mar ha pasado en el local la mayor parte del tiempo en los últimos tres días, pero al fín ha terminado de instalar el complejo sistema electrónico. Ni un experto mecánico de motos sería capaz de detectarlo.
    Sonriendo para sí, se lava las manos y se quita el buzo azul oscuro. Si mirara hacia afuera, por debajo de la persiana, podría ver unas ruedas de moto y un par de botas negras apoyadas firmemente en el asfalto. Pero Mar está pensando en sus siguientes movimientos.
    En la calle, una mano enguantada baja la pantalla negra del casco y, con un decidido empujón de las piernas, una moto negra se desliza por el callejón en silencio.
      Finalmente, el desconocido coloca su vaso en la mesa de Lydia y se sienta con una sonrisa iluminando su rostro moreno con barba de dos días.
      - Hola -
      Lydia decide hacerse la tonta - Que moto tan bonita, ¿es tuya? - Si con esta frase no la considera tonta del culo...
      El hombre se pone serio. Sus ojos se clavan en los de la chica. - No me tomes el pelo... Lydia - Una sonrisa irónica sustituye a la anterior. Un brillo inquietante en el fondo de sus pupilas.
      Una quemazón recorre interiormente a la mujer morena. El hombre conoce su nombre. Mientras trata desesperadamente de recordar de que puede conocerle cruza despacio sus preciosas piernas morenas, intentando distraerle. Durante unos momentos funciona. El motero vuelve a sonreir encantadoramente. - Estás muy buena - dice, mientras vuelve a repasar ávidamente a Lydia con la mirada. Con su camiseta negra de tirantes con el anagrama de Bultaco grande sobre sus pechos, su short de cuero negro y sus John Smith negras, la joven no oculta apenas su cuerpo perfecto. Lydia decide que no conoce de nada a ese extraño, así que le mira fijamente intentando adivinar algo de él. Se siente inquieta, está acostumbrada a dominar las situaciones. Tras unos segundos de reflexión se deja llevar por su carácter y ataca de frente- - ¿De que nos conocemos?, estoy segura de no haberte visto antes -
      - Lo cual lamento indeciblemente - suelta el hombre de negro con voz profunda - pero tu y yo tenemos algo que resolver -. Mientras habla, su mirada se ha desviado de las rotundas tetas de Lydia hacia su hombro derecho. En el cerebro de la chica surge nítida la imagen del tatuaje que lleva en su hombro. Una cruz invertida.
     
     
      Ha anochecido hace un rato y Mar recorre a pie los apenas iluminados callejones del Barrio Chino hacia su casa, dos calles más arriba. Oye el ruido de un motor y al momento un foco le deslumbra. Sin darle importancia sigue caminando. El foco le molesta, apenas puede distinguir el camino. El ronroneo de la moto se acerca lentamente y el foco la sigue. Comienza a inquietarse e instintivamente acelera el paso. La moto se sigue acercando despacio. Mar se detiene para dejarla pasar y, entonces, ¡la moto se detiene!. Reanuda, agitada, su camino y la moto vuelve a aproximarse, muy poco a poco. La delgada chica llega a la esquina y sin previo aviso, de un ágil salto, cruza al otro lado de la calle y se lanza a toda velocidad por unos deteriorados escalones hacia la callejuela de abajo. La moto ruge y a los oídos de Mar, en loca carrera escalones abajo, llega el chirriar de la rueda trasera al derrapar sobre el gastado adoquinado. En el momento de saltar al otro lado de la calle, fuera del haz del foco durante un instante, logra ver, por el rabillo del ojo, la silueta negra de alguien sobre una moto negra y cromo.
     
      
      En el cruce de El Gallo, a 15 kilómetros de Bilbao, una furgoneta blanca se desvía de la carretera para tomar un camino vecinal que conduce a unos caseríos en el monte. Está anocheciendo cuando la Mercedes Vito 4X4 aparca entre unos árboles cerca del camino. Su ocupante se baja y se dedica a recoger ramas y helechos. Al cabo de un corto espacio de tiempo la furgoneta resulta casi invisible a unos metros de distancia oculta entre los ramajes. Entonces la silueta vestida de negro que ha conducido el vehículo hasta allí se sienta en la hierba y, metódicamente, lía un porro de marihuana. Se lo fuma con parsimonia, luego se levanta y abre el portón trasero de la furgoneta. Saca una rampa metálica y a continuación hace descender por ella una pesada moto negra. La oculta detrás de la furgoneta y vuelve a sentarse en la hierba. Es de noche y la escasa luz de la luna se refleja en la cinta de asfalto unos metros más abajo. La sombra negra espera, sus ojos no se apartan de la carretera comarcal.
      Pasan unas dos horas y por el arcén de la carretera patrullan unas cuantas chicas con escasa ropa. En ese momento Montse decide apartarse un poco del grupo. Enciende un cigarrillo mientras camina. Entre los árboles una sonrisa lobuna surge en la cara de la sombra. Se incorpora de un salto, con movimientos precisos se pone el casco y saca la moto de detrás de la Mercedes. Se ajusta con una ancha correa de cuero un objeto alargado en la espalda y con un empujón lanza la moto cuesta abajo. Se monta en ella de un salto y en completo silencio rueda hacia la carretera.
     
      Enric acaba de llegar al pueblo de Valencia al que se había encaminado 600 kilómetros antes. La chica a la que busca es muy singular, y le han dicho que preciosa, así que no cree que le cueste mucho localizarla. Teniendo en cuenta sus aficiones, Enric dirige su B-King hacia un bar en cuya puerta hay aparcadas varias motos de distintos estilos y cilindradas.
      Tras varias cervezas, tres partidas de billar y algunos porros consigue disipar el recelo de los moteros parroquianos, algunos de los cuales incluso salen a admirar la espléndida naked. Enric lleva la conversación hacia las chicas en general y las moteras en particular, y al cabo de unos veinte minutos sale del bar con un nuevo destino en su mente. - Benidorm, la madre que la parió, la muy golfa se ha ido a Benidorm -. Pero sonríe mientras se dispone a engullir 200 kilómetros más. Benidorm no es tan grande y además tiene idea de dónde puede estar ella. Su cruz invertida de acero brilla mientras sube la cremallera de la chupa de cuero.
     
      Mar apaga su ordenador y se queda pensativa. Está preocupada por el desarrollo de los acontecimientos. Hay algo que no va bien, que se le escapa. Suspira y se estira en la silla. - Hay que ir a la cama - se dice en voz alta - me queda muchísimo curro por delante- . Dando vueltas a sus planes recoge el montón de documentos que acaba de imprimir y se los lleva al dormitorio. Mañana será un largo día en el taller.
     
     
    Edificios altísimos con cientos de apartamentos, tiendas, restaurantes, coches, una babel en la orilla del agua al lado de otra babel en la orilla de la arena. Miles de veraneantes en las calles y miles y miles en la playa, unos pegaditos a otros. Puro olor a aceite de coco. Benidorm es la localidad con más rascacielos por habitante del mundo y la segunda en cuanto al número de ellos por metro cuadrado, después de Manhattan. El mayor edificio de España, el Hotel Bali III, se encuentra en Benidorm, a su vez el hotel más alto de Europa. También se ha comenzado la construcción del edifico residencial más alto de Europa que se llamará Intempo (200 m.).
     
    Quien nos viese a los dos, en aquella playa casi desierta, desnudos el uno frente al otro sin inmutarnos ante nada, pensaría que estamos locos… quizá lo estemos, yo simplemente soy prisionero de las fauces de sus profundos ojos y de aquella cruz, de plata, con unas curiosas incrustaciones en toda ella de preciosas joyas, que le colgaba del cuello y le caía entre los pechos. Había oscuridad también fuera de sus ojos, era de noche, la nocturnidad ya nos había atrapado y aún seguíamos el uno frente al otro, de pie, impasibles.
    Cuando pude desviar, por fin, mis ojos de los suyos, observé y aprecié todo cuanto había pasado por alto hasta entonces. La cruz invertida, su estremecedor cuerpo… mientras el análisis era realizado por mi más calenturienta mente, su cuerpo, el que era tan bello, empezó a agrietarse. Empezaron a abrírsele heridas, llagas, supuraciones… Mas cual fue mi horror cuando empecé a sentir que acontecían los mismos efectos sobre mi cuerpo. Ella estaba desapareciendo, su cuerpo se estaba convirtiendo en ceniza…
     
      En el paseo de la playa de Levante, las imágenes se suceden en el cerebro de Lydia a mayor velocidad que una Ducati GP al final de la recta.
     Su padre, artista de circo, regalándole otra miniatura de moto. Sus mejores juguetes, los adoraba. Una de sus visitas al circo, dónde su padre desafiaba a la gravedad dentro de una gran jaula metálica. Una de las muchas tardes en el taller de motos, oliendo a Castrol, a gasolina, oyendo mil y un rugidos de motores. La primera vez que su padre, preocupado, le dejó dar unas vueltas con su moto dentro de la jaula. El grupo de moteras "Las Rosas de Acero". Allí conoció a Vera, una sudamericana totalmente opuesta a ella. Y sin embargo se llevaban bien, su desprecio hacia las falsas apariencias les unía. Y su dominio de las motos.
    Aquella tarde, casi anocheciendo, Lydia con su Yamaha Virago 750, Vera con la Kawa Vulcan EN 500, tomando curvas de vuelta a casa. Un coche negro, cristales tintados, toma la curva por el carril contrario, les viene de frente. Vera clava el freno trasero y derrapando de lado se sale a la cuneta, Lydia va casi por la raya del medio, inclina aún más, acelera a fondo y la Virago salta al carril contrario, el coche pasa por el medio, los neumáticos chirriando por el frenazo. Las dos chicas logran detener sus motos, el coche se detiene unos metros más allá. Los tipos del coche, tres treintañeros, malencarados, chulescos. Insultos y comentarios despectivos, el ambiente se caldea. Indignadas y asqueadas se dirigen a las motos cuando la actitud de los hombres cambia. Se acercan rápidamente y uno de ellos sujeta a Vera por el hombro. Ojos babeantes, sonrisas torcidas de lujuria. Una mano soba las tetas de la chica. Entonces, la sorpresa. Lydia ve como Vera tira de la mano mientras se agacha, arrastrando al cerdo con su mano izquierda, su codo derecho le golpea en la nuez. Antes de que llegue al suelo desplomado, sin aliento, Vera clava sus dedos a los lados del cuello de otro, este se desmadeja, cae, de un salto ya está junto al tercero, con la boca abierta aún no ha conseguido decir nada. Una patada feroz en la entrepierna le hace boquear. Un golpe en el pecho con el puño cerrado y se derrumba de espaldas. Lydia no ha podido aún reaccionar cuando Vera le sonríe. Más tarde, en un bar, las preguntas. Vera, muy seria, le mira a los ojos, mucho rato. Finalmente le muestra el tatuaje en su hombro, remangando la camiseta. La cruz invertida. Lydia había visto el tatuaje otras veces pero nunca le había atribuido ningún significado. Ahora Vera se lo explica. Es la primera vez que Lydia oye algo sobre "La Orden Hermeneútica"
     

    3-4 y 5



     

     
    Las momias de Isabel y Diego fueron descubiertas en el año 1555 al realizar unas obras en una de las capillas de la Iglesia de San Pedro, según atestiguan escritos de la época.
    Permanecieron visibles hasta que en el año 1578 fueron enterrados de nuevo en la capilla de los Santos Médicos San Cosme y San Damián de la misma iglesia de San Pedro, por mandato del entonces obispo de Teruel D. Andrés Santos.
    Conocedor de la historia, el notario Yagüe de Salas ordena su desenterramiento y da fe de su existencia y de toda la historia en su famoso Protocolo Notarial, documento imprescindible para el conocimiento de la historia de los Amantes.
     
      En las primeras horas de la noche, Lydia y Enric pasean por Teruel. Hace menos de una hora que han dejado las motos y encontrado una pensión. Ahora buscan donde comer algo, por el paseo del Óvalo llegan a " El Mirador de Óvalo". Entran charlando, alegres. Desde el momento en que Enric había encontrado a la bella chica, algo había surgido entre los dos. Mientras cenan, su conversación se centra en lo que deben hacer al día siguiente. En Benidorm, el motero había puesto en antecedentes a Lydia de lo que la Orden esperaba de ellos. Había quedado claro que no se conocían anteriormente, pero Enric sabía de las misiones de Lydia, cuya perfecta ejecución habían otorgado gran renombre a la mujer entre los iniciados. El no pasaba de ser un "Acechador", pero Lydia, aunque no había alcanzado el nivel de Vera, y nunca lo alcanzaría, ya que no había pasado por la cruel preparación de esta, destacaba muy por encima del resto de "Ejecutores".
      A los postres, tal vez dejándose llevar por la influencia del Contino reserva del 78, Enric confiesa que había visto las dos únicas fotos que existían de ella.
    - Me pareciste preciosa, pero lo eres aún más en persona - trabándose un poco, continúa - y además eres simpática e inteligente..
      Lydia observa con desagrado como el hombre se deja afectar por el alcohol, ella ha bebido tanto como él, pero parece totalmente fresca. Es una debilidad que no le gusta, pero, de momento, calla. Nunca se sabe cuando puede resultarle útil. No le agradan tampoco mucho las lisonjas, el "además" le pica un poco, como si por ser una belleza no pudiera ser inteligente. Pero quizás está siendo demasiado picajosa, Enric parece sincero y seguramente solo trata de expresar, torpemente, sus sentimientos. Bueno, al fin y al cabo tienen que pasar la noche juntos. Han alquilado una sola habitación para no hacerse notar. Y el motero encaja en sus gustos sobre hombres. Además tiene un nosequé de desvalido. Lydia sonríe y, sin decir nada, acerca su mano a las de Enric sobre la mesa, sin tocarlas.
      Enric parece atragantarse en el momento en que suavemente posa su mano derecha sobre la de Lydia. Levemente sonrojado y azorado mira los preciosos ojos de la chica sin saber que decir. Siente un calor no producido por el vino, y algo comienza a moverse bajo su ropa.
      Escrutándole con aire distraído, Lydia sonríe para sí. Le ha gustado su reacción. Tal vez esa noche resulte divertida.
      Sin intentar liberar su mano, la hermosa mujer sonríe - ¿Vamos a la pensión? Mañana tenemos mucho trabajo -
    - Por supuesto - dice el hombre, mientras, acelerado y torpe, consigue a duras penas sacar la Visa de su cartera.
      Poco después caminan juntos, sin tocarse, bajo la luz de la luna. Lydia sigue riéndose para sus adentros de las cómicas maniobras de Enric para intentar taparse con su chupa, intentando disimular su evidente deseo.
     
     
    Lydia y Enric entran en la habitación del hotel. Una habitación standard, dos camas individuales, dos mesillas, dos lámparas de noche, una ventana, un baño… Anodina, plásticos, maderas baratas. Un televisor pequeño ocupa parte de una mesa de madera.
    Enric entra al baño mientras Lydia saca su bolsita de maría. Es superskunk de su última cosecha. Enric sale del baño, sonriente, con el cepillo de dientes en la boca.
    - ¿Qué cama prefieres?  Por cierto, no he traído pijama, ¿y tú? –
                Lydia, sin decir nada, moja con la lengua el adhesivo del papel de fumar. Luego mira al hombre a los ojos. - Como siga con ese tipo de comentarios va a dormir solo-  piensa.
                Cortado, Enric vuelve al baño. Cuando sale, la chica entra, pasando a su lado sin tocarle. Enric suspira y se sienta sobre la cama de la derecha. Se quita las botas y la camisa, dejándose puestos los pantalones de cuero. Sobre la cama, en un cenicero, está el porro. Lo observa y lo coge para olerlo. Cuando lo tiene pegado a su nariz, Lydia sale del baño. Observa al hombre. Callado es bastante mono. Tiene un cuerpo atlético, pero no de culturista. Sin moverse de donde está se quita las botas, luego la camiseta. Lleva un sujetador rojo sangre. Con paso lento se dirige al alelado Enric y le quita el canuto de las manos,Luego se sienta en la otra cama y lo enciende con un Zippo. Enric está mudo, le tiemblan ligeramente las piernas. Un par de hondas caladas y, echándole el humo a la cara, se lo pasa.
    - Mañana debemos madrugar lo posible, quisiera llegar a Bilbao antes del mediodía – dice, mientras abre la cama.
    Se quita los pantalones, las braguitas destellan en los ojos de Enric con un color de fuego abrasador. Con una sonrisa enigmática alarga la mano y toma el porro. El hombre, indeciso, opta por quitarse también los pantalones. Sus boxer llevan unos dibujitos del Diablo de Tasmania en moto. A Lydia casi se le atraganta el humo tratando de sofocar la risa. A su intención de mofarse de él le sucede rápidamente un cálido sentimiento de ternura. Sonríe alegre, aún conteniéndose. – Buenas noches… diablo – al fin no puede evitarlo.
    Enric, colorado hasta las orejas, apaga la luz, mientras la chica se arropa en la cama. Pero no se acuesta. No podría dormir. En la oscuridad escudriña la silueta de Lydia.
    Al cabo de un rato, con un suspiro de fastidio, Lydia dice -¿Vas a dormir o no?-
    - Creo que no – responde, y, con movimientos lentos e inseguros se acerca a la cama de la chica y se acuesta pegado a ella.
    Lydia no hace nada, espera. El acaricia su espalda con las yemas de los dedos, trazando círculos y espirales. Un escalofrío placentero recorre el hermoso cuerpo de la chica. Enric le acaricia el pelo, lentamente le masajea la nuca. Su cuerpo irradia calor.
     Ella le responde llevando su mano hacia atrás y acariciando dulcemente su cadera. El contacto de la suave mano de la chica provoca un temblor incontrolado en el hombre. Se pega más a ella, haciéndole sentir en sus firmes glúteos la dureza de su miembro. Lydia ronronea. Enric, cada vez más excitado, mordisquea con fruición el hombro, el cuello, el lóbulo de la oreja. Su mano derecha explora el pecho de ella, turgente, cálido, elástico. Un gemido de placer escapa de sus labios.
    Contoneándose con sinuoso placer perezoso, Lydia aferra la ardiente polla con su mano y comienza a recorrerla arriba y abajo, apretándola entre sus dedos. El hombre se estremece. Su mano desciende, lenta, por el vientre de la chica, hasta llegar al borde de su ropa interior. Se detiene. Parece dudar. Luego se introduce debajo y sus dedos acarician la suavidad del vello púbico.
    Lydia gime de placer anticipado. Un dedo masculino acaricia sus labios mayores por afuera. Luego, con calma deliberada, los dedos separan sus labios, uno se introduce un poco en su anhelante coñito. Sube despacio hasta su clítoris. La chica se mueve acompasada.  Mientras introduce la lengua en su oreja, la otra mano del hombre separa ligeramente sus piernas. Poco a poco, disfrutando cada centímetro, la verga de Enric penetra en las entrañas de Lydia.
     
    Tras un café y un pintxo de tortilla, Vera regresa a su despacho. se sienta ante su MacBook Pro. Su mirada ausente recorre sin ver la fria habitación, sin adornos, enteramente blanca. Tras ella un amplio ventanal deja ver las nubes grises, sobre la mesa solo reposa, con un brillo acerado, su ordenador portátil.
    Años atrás, acaso en otra vida, se despertó. El cubículo tenía muebles modernos. Las paredes y el techo de un amarillo apagado. Un ventanuco cuadrado, de poco más de un palmo de lado dejaba entrar la luz de un cielo azul radiante. Un somier y un colchón. Una mesilla de madera pintada de blanco. Una silla, una mesa y armario de dos puertas. Todo del mismo color. Sobre la mesa un ordenador. Toshiba. En el lado opuesto de la estancia una puerta metálica pintada en el mismo tono.
    Revisó toda la habitación. En la mesilla analgésicos, compresas, chicles, un pequeño neceser con algunos útiles de maquillaje un cuaderno cuadriculado y un bolígrafo. En el armario, ropa interior en los cajones, bragas, sujetadores, calcetines, todos del mismo color, todos blancos. En las perchas camisetas y vaqueros. Un vestido rojo. Zapatillas deportivas. Un par de zapatos de tacón alto, rojos.
    Ahora podía contar los días gracias al estrecho fragmento celeste que podía observar. Quizá era peor.
    Al amanecer y al anochecer se abría la puerta. Detrás había un reducido espacio de apenas un metro cuadrado con otra puerta en la pared de enfrente. En el centro, una mesa en la que encontraba comida y agua. La comida era siempre abundante y variada.
    No tenía ni idea de informática, pero como no tenía otra cosa que hacer, comenzó a enredar en el ordenador. Un día encontró junto a la comida un manual de Windows 98. En la soledad de su reclusión lo leyó muchas veces. Más o menos dos semanas más tarde, cuando se disponía a recoger la comida de la mañana, halló abierta la otra puerta. Miró mucho tiempo el angosto pasillo que se vislumbraba tras la hoja metálica entornada. No movía un músculo. Ni siquiera pensaba. Volvió a su cama y se acostó de lado, abrazando sus piernas. Pasó así varias horas. Finalmente se levantó, con los ojos vacíos se internó en el pasillo.

     
    La parpadeante luz azul de un pequeño chivato sobre su mesa saca a Vera de sus recuerdos. Aprieta una tecla de su ordenador y una ligera sonrisa disipa la dureza de su expresión. Ya están aquí. Enric es para ella solo un esbirro más, pero la bella y juguetona Lydia siempre le produce alegría. Se echa a reir a carcajadas cuando ve como la traviesa morena toca las duras nalgas del chico mientras, con una pícara sonrisa en sus ojos, mira fijamente a la cámara disimulada.
     
      Se agacha sobre ella con la respiración entrecortada. Lentamente la levanta del suelo. La cabeza de la chica cuelga inerte hacia atrás mostrando desnudo su cuello de porcelana, el arranque de sus firmes pechos. Los ojos abiertos, frios, los mechones de su melena caen a los lados descubriendo sus bellos rasgos. Está muerta, fria y blanca, como una muñeca.
      Muy depacio, centímetro a centímetro, extrae la larga katana del abdomen de la mujer. Tras limpiarla en la ropa femenina, la introduce en la vaina que lleva a su espalda con un siniestro chasquido.
      Se aleja entre la fina lluvia, dejando el cuerpo desangrado tirado en el oscuro y sucio callejón. Con un rugido, el motor responde al giro de la llave de contacto. Despacio, con una sonrisa atravesando su cara como una cicatriz, el asesino se dirige hacia su próxima presa.